La agenda tecnológica de la industria alimentaria se viene construyendo en torno al objetivo de producir alimentos seguros, asequibles y saludables con mayor eficiencia, sostenibilidad y compromiso con la rentabilidad. A partir de ahí, se despliegan en cascada las verticales tecnológicas más actuales llamadas a transferir a la industria nuevas soluciones para alcanzar estas metas. Una parte sustancial de la respuesta tecnológica continúa llegando al sector alimentario desde sus proveedores habituales. La frontera de sus capacidades aparece cuando surgen nuevas tecnologías o enfoques que escapan a su cartera de productos o conocimientos científicos. Y ahí se abre la ventana de actuación de las startups. Sin embargo, el ecosistema de startups presenta retos trascendentales para lograr acelerar su transferencia tecnológica al mercado. La distancia entre la ciencia y el negocio tiene causas concretas. Al frente de ellas, seguimos encontrando la escasa financiación que reciben este tipo de propuestas.1